Toda la algarabía antes de un lunes que prometía ser diferente. Medios de comunicación atiborrados de invitaciones por doquier y centenares de personas que sin más, asistieron a la que hoy es llamada la marcha con mayor participación en la historia de Colombia.
Cuatro de la mañana y la radio ya incitaba a salir aquél día a una marcha. Marcha que muchos no entendieron, como pude darme cuenta. Y que incluso yo tampoco comprendía muy bien. Algunos estaban decididos a comprar sus camisetas (incluso bajo engaños no aceptados), y otros decididos a enfrentar el agobiante sol todo por inundar las calles de la capital colombiana.
En un momento, la gente simplemente ya no se distinguía, la carrera séptima con 39, en el parque nacional, fue punto de encuentro para más de uno, y allí siendo las 12 del meridiano hacia pensar que la cuestión iba para largo. Una inmensa mancha blanca. Oh! Quisiera decir que me sorprendí al ver tanta gente, pero no!, no me sorprendí. Por que sencillamente eso esperaba, con tanta invitación, cómo no iba a salir el pueblo a sus calles a caminar y gritar y ensuciar y cantar… en fin.
Pasos iban, pasos venían, calor asfixiante, comercio informal por montones, banderas con más de un anuncio político escondido, niños, perros… a donde se mirara: gente. Unos con coros de odio, otros con el tan recordado himno nacional, y otros inmiscuidos en medio de sus silencios tímidos.
Sí, yo fui, esta bien, no enmarañada de tonos claros, por el contrario (y sin pensarlo) yo era uno de los escasos puntitos negros entre tanta blancura. Salí por ver este fenómeno que me conmovía las entrañas de la opinión. Quería estar entre el pueblo, entre la gente que sin molestia salía a marchar. Quise mezclarme y mimetizarme, quise simplemente observar. Por solidaridad con mis acompañantes me lancé a preguntar con la naturalidad que me cedía la confianza inesperada de los bogotanos, y sus respuestas (debo admitir) me asustaron.
Cabe aclarar con mucha fuerza que respeto ante todo la palabra del ser humano, y lo seguiré haciendo sin la menor duda, pero sus respuestas sí que me hicieron bajar mi ritmo de caminante. Algunos me dijeron que salían por que los medios lo habían pedido, así, nada más, ya luego remataban diciendo que “por la paz de Colombia, que por la liberación de los secuestrados, que contra un grupo guerrillero en específico, que por las familias que sufren, que… que… que…”. Caray! Volvemos al tema: la influencia de los medios masivos de comunicación. Maravilla de invitaciones. Y yo hasta aquí diré (sarcasmo).
La gente sonreía, sus rostros enmarcados en sudor demostraban ganas de decirle al mundo que sí se podía luchar. Conmovedor. Y el mundo, se unió. Los pies medio cansados, la garganta seca, y mi incómoda sensación personal por cuestiones que no competen aquí, me hicieron centrarme en mi labor de observadora entregada. Saqué mi cámara fotográfica y a captar imágenes que no creo se repitan con la misma ovación. Por ello, aquí podrán encontrar un registro fotográfico de la marcha.
Al final, ya en la tarde, los parlantes se destaparon y otra vez el himno. Bien, era tiempo de despedirme de mi tan anhelado centro de Bogotá. Sin un peso en el bolsillo y con la angustia de mis obligaciones, salí lentamente hacia un paraíso: el chorro de Quevedo. No aguanté las ganas y menos iba yo a desperdiciar el exquisito sabor de una cerveza fría en mi paladar, acompañada por el frío de las paredes, y por supuesto de gente sin inhibiciones, música para terminar la tarde, una charla y listo.
¿Listo?: No!. Veinticuatro horas después y aún me someto a seguir viendo en los medios una sarta de informaciones relacionadas con la marcha. ¿Cuánto más durará el tema?, ¿Sólo queda esperar cómo ocurre la que se viene?.
Esperar, será.
Gracias a todos los que leyeron esto, esto que ocurre en la calle…
